Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de octubre de 2015

(Cuentos)
*
En honor a mi madre os cuento: 
Hace casi cuarenta años, vi en una librería una fiel reproducción de los CUENTOS POPULARES PARA NIÑOS DE S. CALLEJA, impresos al mismo minúsculo tamaño de los originales, mas con la portada a todo color y mejor papel y con un lomo protector de cartón cada doce ejemplares; y como sabía lo que le gustaban, -nos los había dejado leer cuando niños- no pude resistir la tentación de regalárselos el día de su Santo. 
Le emocionó el regalo y los releyó todos, uno tras otro, y los guardó después como oro en paño. 
Pasados unos años, los repartió entre sus nietos; así que un lomo con doce ejemplares llegó de nuevo a mis manos. Y hoy, ya cerca la fecha de los Difuntos, en honor a ella aquí os paso uno escogido al azar, titulado "VENTURITA".
*
VENTURITA
*
Venturita había oído decir varias veces que la cosa más difícil de hallar en la vida era la felicidad; y precisamente por eso se le había metido en la cabeza la idea de ir a buscarla.
Como era un pobrecito huérfano, solito se puso en camino y anduvo mucho; pero el cielo comenzó a oscurecerse y el a temblar de miedo.
Muy entrada la noche le pareció divisar a lo lejos una lucecilla; dio una carrera y se acercó a ella. Salía de una pobre casa, mas Venturita, empujado por el hambre, cobró ánimo y llamó.
-¡Adelante! -oyó que le gritaba una voz.
Empujó la puerta, y entró en una habitación donde una pobre mujer disponía la comida para unos niños que esperaban en torno a una mesa.
-Poca suerte tienes, muchacho -dijo la mujer- viniendo a parar aquí entre estos hambrientos pequeñuelos; no tengo cimida bastante para satisfaceros.
Venturita pensó marcharse, pero cuando iba a salir se le saltaron las lágrimas.
-¡Pobrecito! Yo partiré con él mi ración -dijo conmovida una hermosa niña que se llamaba Aurora.
-¡Gracias! -exclamó Venturita, sentándose al lado de la niña; -prometo que si algún día puedo, sabré recompensar tu bondad.
Y después de comer los niños se fueron a dormir. Venturita durmió en una silla junto a la lumbre medio apagada. En la mañana siguiente, salió de la casa sin saludar a nadie, pero dejando escrito con yeso en la tabla de la mesa:
-¡Adios, Aurora, hasta la vista!
Y echó a andar en dirección al poblado para ver si podía encontrar la felicidad.
Viendo pasar un espléndido carruaje arrastrado por dos caballos, se precipitó a la trasera, como hacía de chiquitín en su pueblo, y oculto por el carruaje mismo, asido como un mono entre las ruedas, se dejó conducir a la ventura, pensando que alguna vez habría de pararse aquel coche.
Así ocurrió, en efecto; el carruaje penetró en un palacio.
-¿Qué quieres, niño? -preguntó el cochero al verlo en el portal.
-Quisiera entrar como criado en esta casa.
-Pues llegas a tiempo. El mayordomo anda buscando un muchacho para los recados por haber aumentado el trabajo.
Venturita subió la escalera y preguntó por el mayordomo.
-¿Quién te envía? -le preguntó éste.
-El cochero me ha dicho que buscáis un muchacho que pueda ayudaros.
-Está bien; se trata de pasar todo el día corriendo, de suerte que puedes quedarte; ten un traje y procura estar siempre dispuesto, porque ahora hay que llevar muchos recados.
Casi no se atrevía a pisar las mullidas alfombras de la casa; y pensando estaba que en aquel palacio sus moradores debían de ser muy felices, cuando vio salir de una habitación a una señora llorando.
Aquella señora envió a Venturita a la botica. Cuando volvió con la medicina, fue a llevarla a la habitación del enfermo, que era un niño, el cual, tan pronto como le vio dijo:
-Me alegro; cuando me ponga bueno jugaremos juntos.¿No es verdad, mamá?
-Sí, hijo mío; pero ahora toma la medicina, que así te curarás pronto.
A la ansiedad de los días que la enfermedad había durado, sucedieron otros de tristeza, pues murió el pobre niño. La señora parecía loca y llamaba a su hijo con voz desgarradora; tenía cerradas las ventanas de sus habitaciones para que no entrara la luz, y no quería ver a nadie; solo a fuerza de súplicas conseguían hacerle tomar algún alimento.
Venturita se disponía a marcharse persuadido de que tampoco la riqueza puede dar la felicidad; e iba a buscarla entrando al servicio del Rey para ver si consistía en el poder. Ya habitaba en la corte y creyó que había penetrado en el reino de la felicidad.
Una vez Rey y Reina debían asistir a la inauguración de un monumento, y Venturita iba a la zaga del carruaje, cuando la detonación de un arma de fuego se oyó al paso del carruaje y una bala atravesó silbando sobre la cabeza del Rey.
Venturita, que había oído tan cerca el silbido de la bala, pensó mudar de destino, porque también con los reyes vivía intranquilo; y viendo que era inútil buscar la felicidad en las alturas abandonó el palacio real.
Un día le preguntó a un anciano:
-Vos que lleváis muchos años de vida, como demuestra vuestra blanca cabeza, ¿Sabríais decirme donde se encuentra la felicidad?
-Hijo mío, la felicidad huyó de La Tierra el día en que nuestros primeros padres fueron arrojados del Paraíso, y no viene a visitar a los mortales sino por algunos instantes, tornando a volar de nuevo.
-¿Y a qué mortales visita con mayor frecuencia?
-A los que trabajan mucho, se contentan con poco y prefieren los placeres del campo a los vicios de la ciudad.
No siguió pues, Venturita en busca de vanas quimeras y se puso a trabajar.
Compró un pedazo de terreno en el bosque y construyó una casita, que siempre había sido su sueño. Algún tiempo después adquirió un cochinillo y más adelante una ternera, gallinas y palomas.
Después buscó a Aurora, la que le había dado de comer cuando era muy pobre.
Loa dos jóvenes se casaron y fueron dichosos trabajando; porque la felicidad consiste en la salud, en el trabajo y en acomodar sus gastos y apetitos a lo que se posee, aunque no sea mucho.
*
(Cuentos Populares para Niños de S. CALLEJA)
*

martes, 24 de marzo de 2015





(Cuentos)
*

El Anillo del Maestro 
(Un cuento sobre tus valores)
*
Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

 El maestro sin mirarlo, le dijo:
 -Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… y haciendo una pausa agregó: si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
 - E… encantado, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: – Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.
¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.
- Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
- ¡58 MONEDAS! -exclamó el joven.
- Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño. – Todos somos como esta joya, valiosos y únicos y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.
SIEMPRE RECUERDA LO MUCHO QUE TÚ VALES, AUNQUE QUIZÁS, ALGUNAS PERSONAS A TU ALREDEDOR NO TE LO DEMUESTREN.
*
Autor Desconocido
(Así lo he recibido y así consta)
*

miércoles, 18 de diciembre de 2013


Un cuento de Navidad.
*

Pincha y abre la siguiente dirección:

http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=WDHPESoNNvI

*

viernes, 2 de octubre de 2009


*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
¡GRACIAS!
*

Estando en Oporto como turista autónomo, disfrutando de los encantos de la ciudad, pero fuera de todo ese circuito de ovejas en trashumancia apresurada, disfrazadas de veraneo, cuando de súbito rompió a llover cortándome mi paseo por la amplia avenida a lo largo del río que peina en dos la ciudad. Corrí hacia una cafetería para protegerme del chubasco.
El interior, decorado hasta el techo con azulejos blancos, daba una primera impresión de asepsia; en realidad era un antro de ambiente ahumado, cargado de sudor, nicotina, vahos de urinario y olor a frituras.
Obreros, al parecer de los eternos trabajos públicos, que sostenían la ciudad en un caos de post bombardeo, ocupaban casi todas las sillas correspondientes a una veintena de mesas circulares, de mármol y hierro colado, dispuestas en desorden. Se tomaba café, cerveza y coñac. Se desgañitaban los clientes hablando de fútbol, de dinero y de proyectos financieros imaginarios. Las carcajadas y el vocerío no conseguían ahogar la música pachanguera trasmitida por un televisor obsoleto, colgado al otro lado de la barra, entre las botellas que abarrotaban cuatro estanterías.
Toda aquella gente portadora de una extensa gama de resudores, mal trajeada por exigencias de su trabajo, más que por su evidente pobreza , a aquella hora de la tarde, seguro que esperaban un partido de fútbol en la tele . Ante tal presentimiento devastador sentí el impulso de escapar, pero se quedó en amago porque la lluvia arreciaba. Vi una mesa milagrosamente libre y la ocupé a la vez que con un leve gesto de la meno solicitaba un café.
Casi sin intervalo, personas empapadas entraban en el local, unas directamente y otras después de una pausa para cerrar el paraguas, pero tanto los unos como los otros, se quedaban de pie con la mirada fija en el chaparrón, o acodados en la barra. El local ya abarrotado desde antes de la lluvia no les permitía otra posibilidad
Aprovechando un vaivén de la puerta un pequeño chucho vagabundo de negra pelambrera tan rizada como las lanas de una oveja, se coló furtivamente en el establecimiento entre las piernas de los clientes y buscando un rincón seguro corrió bajo las mesas; así vino a dar a mis pies, donde se enroscó sobre mis zapatos, como un croissant quedándose muy quieto, casi sin respirar. A menudo me he preguntado por qué los perros, incluso los de mala geta, son dados a adoptarme en cuanto me huelen,
El dueño del local, un retaco rubicundo, abandonó su puesto tras la barra escoba en mano y a zancadas se acercó a mi mesa, encorvado para mirar bajo ella.
─ ¡Fuera chucho! ¡Llévate las pulgas a otra parte!.─ ordenó con voz agria.
Tuve la impresión de que descargaba su acritud porque se sentía invadido por gentes que ni le habían pedido permiso para entrar, ni dado las gracias, ni tomado un cafecillo de nada. Y encima como regalo, el sueloada encharcado y embarrado.
El perro, muy asustado, abandonó su refugio con la cabeza baja y el rabo entre las patas, zigzagueando sin saber a donde dirigirse, hasta que amedrentado se arrebujó en un rincón del local. La gente se reía con los palos de ciego del retaco rubicundo y los gemidos del perro, un carcajeo insoportable apoyado con cuchufletas imbéciles. La desesperada mirada del can pidiendo auxilio se cruzó con la mía. Entonces le silbé y, sin perder su aire temeroso, regresó a mis pies como una alfombra reptante.
─ ¿Es suyo este vagabundo de greñas? ─ me preguntó el hombre de la escoba ─
─ Si ─ mentí. ─ No sé como ha conseguido escapar de mí casa. Disculpe...
El rubicundo me miró con recelo y volvió a su puesto, farfullando una larga frase que no entendí, pero que divirtió mucho a los parroquianos. El perro me obsequió una admirable sonrisa humana. Yo también sonreí, aunque no sé si perrunamente.
─ Te has librado de un buen palo. ─ le dije ─ Me caes bien, pero no voy llevarte conmigo... Lo siento.
Diez minutos después la lluvia cesó tan repentinamente como había caído. Abandoné aquel café tabernero con el perro a la zaga, que me miraba sosteniendo su curiosa sonrisa.
─ No puedo llevarte conmigo, ya te lo he explicado, así que ¡adiós! ¿vale? ...
Aceleré mis pasos sin mirar atrás, con la esperanza de que cuando lo hiciera ya no lo tendría a mis talones. Alcancé por los pelos el autobús 98, y. a medida que me alejaba, un sentimiento de culpabilidad, un bochornoso remordimiento, me crecía en el alma. Tomé asiento, lo que me permitió ver al chucho sentado en la acera de la parada, con las orejas en punta y un aire de haber tomado la firme decisión de esperarme allí el tiempo que fuera necesario.
Cada día me lo encontraba en una u otra esquina. Acabé por nombrarle Rizos y le cogí tanta simpatía que terminé por darle las sobras de mis comidas, gesto loable pero que me complicó la relación, no pude separarme de él, así que andando, me lo llevé al hotel. No fue fácil convencer al recepcionista de que aceptara su presencia en mi habitación, algo estrictamente prohibido. Tuve que prometer embarcarlo conmigo a Francia al día siguiente, último de mis vacaciones. Promesa hecha le dejé sobre el mostrador una sustanciosa propina. Y cumplí mi palabra.
Salí del aeropuerto de Orly, en París, mochila a la espalda, bajo el brazo un pequeño maletín y a rizos por la correa.
Afuera hice señas a un taxi . El taxista lanzó una mirada de desconfianza al perro, pero viéndolo tan limpio, tranquilo y lustroso, sonrió y no puso inconvenientes.
En quince minutos llegué a mi apartamento. Cuarto piso. Ascensor.
Abrí la puerta, hice pasar a Rizos y cerré con un golpe de talón.
─ Voilá, Rizos, esta es tu casa.
De nuevo el perro me obsequió su sonrisa humana y con leve voz aniñada, me dijo gracias. No di crédito a mis oídos. Seguramente fue una alucinación, es lo que pienso, porque jamás me ha vuelto a hablar, aunque, eso sí, es muy... ¡pero qué muy listo!...
*

FRANCISCO LEZCANO LEZCANO
*

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
UN GRANO DE ARENA
*
Érase un grano triste de arena, melancólico, deprimido; se veía insignificante. Se preguntaba de donde había venido, a dónde iba, para qué servía, qué hacía rodeado de millones y millones de congéneres que no le hablaban jamás.
Cierto día, una gaviota al remontar vuelo, se llevó el grano de arena, con otros muchos adheridos a una de sus patas, que continuaron sin decir nada, ni siquiera se dieron cuenta de estar en el aire.
Desde arriba, nuestro grano de arena, al ver la playa ya no se sintió una minucia ¡formaba parte de algo grandioso! de una bellísima y extensa concha dorada que almacenaba la historia del mundo.
Desde la altura, asombrado descubrió la elocuencia de las dunas del desierto y la magnificiencia de los océanos.
De súbito la gaviota se lanzó en picado para atrapar a un pez. Entró en el agua como un meteorito. La arena que portaba se desprendió de sus patas.
Nuestro grano se hundió en el azul con lentitud de copo de nieve. Alcanzó un hermosísimo fondo de cristalitos blancos: era como una inmaculada alfombra de armiño, adornada con rojas estrellas marinas. Allí se quedó inmensamente feliz. Pero… los que llegaron con él, siguieron sin enterarse de nada.
*
FRANCISCO LEZCANO LEZCANO

(Fotógrago, dibujante, pintor, poeta, cuentista...ciudadano del mundo comprometido con la PAZ y un excelente amigo)
GRAN CANARIA
*

martes, 15 de septiembre de 2009


*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
EL ZAPATERO
*

Francisco Lezcano Lezcano
*
Todas las mañanas, allá por las ocho treinta, salía de mi casa camino de la escuela. Atravesaba nuestro frondoso jardín, espejo de mis sueños infantiles de explorador, de aventurero, y me alejaba mascullando improperios contra todo lo que, a mi juicio, se confabulaba para impedirme seguir los pasos de Levistogne, de Robinsón Crusoe o de Julio Verne.
Desde la chirriante verja verde oscuro hasta el edificio escolar, había unos tres kilómetros de carretera polvorienta, bordeada por hileras en paralelo de tobas volcánicas, encajadas manualmente unas con otras y apiladas hasta la altura de un metro. Por detrás se encaramaban las policéfalas chumberas gigantes y los dardos morenos de las amenazadoras hojas en sierra de robustos áloes.
Cada día, salvo los viernes, encontraba en mi camino a Don Manuel, hombre entrado en los cuarenta, pero que aparentaba muchos mas por las marcadas arrugas de su rostro y el perenne aire melancólico de su fisonomía. A mi me recordaba al Pluto, de Wall Disney, afortunadamente nunca se lo dije. Un bigotillo lineal subrayaba su nariz semejante a una patata incrustada entre sus diminutos ojos, a la vez penetrantes y tristes.
Don Manuel siempre tenia una frase amable para decírmela, por ejemplo:
- ¡Hoy tu color es mejor que el de ayer, Paquito!
- Gracias, don Manuel – le respondía, con los buenos modales adquiridos en la escuela y en mi familia.
- Las gracias las tienes en tu cara – me replicaba..
Y se alejaba haciendo un acompasado ruido sordo con su pierna de palo, que me traía imágenes del misterioso capital paranoico tras la Ballena Blanca.
Poco a poco, de un fugaz encuentro a otro, adicionando frases y palabras cazadas en el aire, supe que Don Manuel se ganaba la vida con mucha dificultad, remendando zapatos.
De tan pobre como era, el mismo se había confeccionado la pierna de madera a partir de una de la mesa señorial heredada de su abuelo.
Con frecuencia me repetía, mostrándome su artesanal ortopedia:
- Pequeño, he tenido siempre muy mala suerte en la vida. Quise ser bailarín, me escapé de casa con esa idea fija. Pero ya ves, una noche, en un paso a nivel entre Zarzadilla y Maletón, un tren se comió mi pierna.
Un jueves, de no me acuerdo cuando, encontré a Don Manuel más lánguido que nunca. Por lastima y curiosidad le solicité la razón de su malestar.
- Ya te lo he repetido: no tengo buena suerte en la vida – me respondió de mal talante.
- ¿Qué le ocurre, Don Manuel, para que ande de tan mal humor? ¿Es por mi culpa?
Don Manuel se remangó la pernera derecha del pantalón para mostrarme lo que el llamaba siempre su dulce pata de palo.
- Dime, ¿ no es el colmo de los colmos? – gimió con amarga desesperación - ¡La carcoma ataca mi pata de palo y las de la mesa de mi bisabuelo ya se las han comido!
- ¡Cáspita ! – exclamé sin poder retener la risa - ¡Eso si que es tener mala pata!.
Don Manuel se lo tomó bastante mal, me sacudió un cachete y se fue muy digno. Nunca más volvimos a hablarnos.

*

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
EL MENDIGO
*
Francisco Lezcano
Lezcano
*
Cierto día camino de la escuela, descubrí en la esquina más cercana de mi casa, un pordiosero al que le faltaban las piernas. Con voz de doliente, tendida su temblorosa mano diestra, tan sucia como el mugriento pañuelo que guardaba arrebujado en la otra, gimoteando solicitaba a los pasantes:
- Una limosnita por el amor de Dios.

Yo no había cumplido aun los trece años, pero andaba muy cerca. Era de carácter ingenuo, soñador e introvertido. Hijo de burgueses liberales. Bien vestido y bien alimentado... Aquel hombre de piel cetrina, lánguida figura y tan flaco como un prisionero del nazismo; aquel personaje de ojos hundidos y plañidero hablar, victima aparente de todas las miserias, me implantó un agudo sentimiento de culpabilidad. Bosque en mis bolsillos una moneda y como no la encontré, le cedí el bocadillo que mi madre me había preparado para que entretuviera mi estomago entre clase y clase. El hombre inválido, apoyada la espalda contra el muro, las nalgas sobre una almohadilla de cuero, más que chamagosa, exhibía los desagradables muñones de sus escuálidos muslos , que parecían una pareja de extraños seres gemelos, al acecho bajo los faldones de su ajada chaqueta de un tiñoso azul marino oscuro.

Cogió la dadiva en silencio. Creí que la emoción por mi gesto le impedía hablar. Por tanto, satisfecho de mi buena obra, me alejé... Pero apenas había avanzado una quincena de pasos, cuando el bocadillo, transformado en proyectil, reboto contra mi coronilla. Me volví amedrentado, perplejo y dolorido. El mendigo gritaba muy enfadado:
- ¡Soy pobre, pero no un muerto de hambre!
Asustado rompí a correr con mi filosofía de la vida hecha un lío.
*

martes, 28 de julio de 2009


*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
REZANDO POR TODOS
*
Un labrador que tenía la mujer enferma llamó a un sacerdote budista a su casa.
El sacerdote empezó a rezar pidiendo que Dios curase a todos los enfermos.
-Un momento -le interrumpió el labrador-, yo lo que le pedí fue que rezara por mi mujer y usted se ha puesto a rezar por todos los enfermos. Al final a lo mejor se beneficia mi vecino, que también está enfermo y que, además, no me cae nada bien.
-Al rezar por todos, estoy uniendo mis oraciones a las de miles de personas que se encuentran aora pidiendo por sus enfermos. Sumadas estas voces llega a Dios y benefician a todos. Divididas, pierden fuerza y no llegan a ninguna parte.
*
PAULO COELHO
XL Semanal
*

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
EL VERDADERO RESPETO
*
Durante la evangelización en el lejano Japón, un misionero fue hecho prisionero por un grupo de samuráis.
-Si quieres cotinuar vivo, mañana tendrás que pisar la imagen de Cristo frente a todo el mundo -dijeros los guerreros.
El misionero se fue a dormir sin albergar dudas en su corazón; nunca cometería semejante sacrilegio, y estaba preparado para el martirio.
Despertó en mitad de la noche y, al levantarse de la cama, tropezó con un hombre que estaba durmiendo en el suelo. A punto estuvo de caer de espaldas de la sorpresa: ¡Era Jesucristo en persona!
-Ahora que ya me has pisado en carne y hueso, ve ahí fuera y pisa mi imagen -dijo Jesús-, porque luchar por una idea es mucho más importante que la vanidad de un sacrificio.
*
PAULO COELHO
XL Semanal
*

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
LA NIÑA Y LA TEMPESTAD
*
La niña solía ir caminando todos los dias a la escuela. Una tarde de tempestad, en que los vientos soplaban cada vez con más fuerza y los rayos y truenos sacudían al vecindario, pasó su hora habitual de regresar a casa sin que apareciera.
La madre, preocupada, telefoneó al colegio, don le informaron que la niña ya se había ido. Al ver que no llegaba, se puso el impermeable y salió, imaginando que su hija debía de estar paralizada de miedo, escondida quizá en la casa de algún vecino, llorando y esperando que la tempestad pasara.
Para su tranquilidad, en cuando dobló la esquina vio a la niña que caminaba lentamente en dirección a la casa; pero paraba cada vez que caía un rayo, miraba el cielo y sonreía.
La madre llegó corriendo, colocó a la niña bajo su capa y le preguntó por qué se había demorado tanto.
-¿Es que no ves los flashes? -dijo ella-. ¡Dios me está sacando fotos!.
*
PAULO COELHO
(XL Semanal)
*

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
Cuenta Sri Ramakrisna que un hombre se aprestaba a cruzar un río cuando el maestr Bibhishana se aproximó, escribió un nombre en una hoja, la ató a la espalda del hombre y le dijo:
-No tengas miedo. Tu fe te ayudará a caminar sobre las aguas. Pero en el instante en que pierdas la fe, te ahogarás.
El hombre confió en Bibhishana y comenzó a caminar sobre las aguas, sin ninguna dificultad. A cierta distancia, no obstante, sintió un inmenso deseo de saber lo que su maestro había escrito en la hoja atada a sus espaldas.
La cogió y leyó lo que estaba escrito: "¡Oh dios Rama, ayuda a este hombre a cruzar el rio!".
-¿Sólo esto? -pensó el hombre.
¿Quién es este dios Rama, al fin y al cabo?
En el momento en que la duda se instaló en su mente, él se sumergió y se ahogó en la corriente.
*
PAULO COELHO
(XL Semanal)
*

lunes, 20 de julio de 2009


*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
La Conspiración de los Conejos
Cuento verídico.
*
El río de la vida todo se lo lleva, en un cambiante destino de noches y días, de nacimientos y muertes, para llegar al mar, al misterio, para crear conciencia. En ese océano infinito de la energía donde, momentáneamente, nos manifestamos como ola que rompe en la espuma, en un fugaz esplendor, cae volviendo a ser lluvia, río, mar, a ser océano, con nuevo destino.
*
Cayendo por la cascada de ese río a ese mar inmenso yo me hallaba, con mis días de silencios y mis noches sin sueño, donde todo lo anterior se había desintegrado, empresa, animales, niños, mayores, visitantes, matrimonio, sueños, que habían vuelto al mar, en una espiral vertiginosa que casi no me permitía el sosiego de asimilar, y entre lágrimas y besos de mi nieto, aguardaba a la luz de un nuevo amanecer, a ser río naciente otra vez.
Pero todo en la vida no puede ser del todo malo, ni exagerar en el todo bueno, ya que Yin esta contenido en yang y viceversa. Y heme aquí, en estas noches de insomnio y extrema fatiga, en el otoño 2004 pasado, sentada en la noche clara, a oscuras en la penumbra con mi manta, recostada en un balancín convertida en científico estudioso de una comunidad de conejos silvestres que iban apareciendo sin verme.
Ser la protagonista de esta bonita historia os parecerá extraño junto a dolores profundos que también vivían en mi al mismo tiempo. En realidad, todos nacemos patitos feos, vamos creciendo en la búsqueda del sentido, de lo realmente objetivo haciéndonos poco a poco más hermosos. Tal vez estamos diseñados mejor para superar la adversidad y la catástrofe con más facilidad que las pequeñeces y los inconvenientes de la vida cotidiana. Y esta era una ocasión extraordinaria donde la vida natural estaba curando mi resistencia mental.
Las estrellas brillaban en el cielo, avisando de la hora en la que una reunión clandestina planeaba la resistencia de su clan. Más de una docena de conejos se movían vigilantes en grupos de a tres. Dos conejos adultos aparecían primero de la oscuridad, luego un tercero, realizaban una revisión del terreno como si planearan el paso de sus congéneres hacia otro lugar más seguro, vigilando los más leves ruidos, mirando hacia el cielo y hacia el suelo.
Luego una hembra que parecía preñada se quedaba quieta, en medio del claro, sus movimientos eran discontinuos y repetidos, excepto los de la hembra, que eran lentos y firmes, si sucedía un ruido en la vecina carretera, un camión nocturno o algo estridente en la gasolinera, desaparecían de inmediato dejando el jardín vacío, como si nunca hubiera sido hollado por ningún ser, y sucedía, que siempre la hembra era la última en desaparecer. Pero al momento aparecían de nuevo realizando la misma danza, el mismo ritual discontinuo de vigilancia, que contrastaba con la quietud y la concentración de la matriarca de color pardo. Al fin ocurría algo especial, empezaban a salir de todas partes, pequeñas familias de conejos, pardos, grises, hembras con sus pequeños, y después de oler, de dar pasos en varias direcciones, se unían en el claro de luna, bastante juntos, para evaluar una situación que al parecer era de suma importancia para toda la comunidad, que a mi parecer, era el estado del cielo nocturno el que guiaba su transcurrir.
*
En algún momento, algunos pequeños que no estaban atentos, se separaban del grupo para olfatear o acercarse al tronco de un árbol vecino creando una situación de emergencia y nueva movilidad en todo el grupo, y la salida de los más miedosos que tardaban en aparecer, ante la paciencia inmensa de los tres directores de operaciones, los sabios y cuerdos que iban delante, y de la hembra silenciosa.
*
Otras veces, en luna llena aparecían como blancos mimos que danzaban al ritmo de las estrellas, mirando mucho más hacia arriba, como si esperaran una señal en el cielo para ir en alguna dirección dictada por designios superiores, y que repentinamente, dando por terminada la fiesta, les hacía desaparecer, y sólo los tres adultos, una vez más, volvían al lugar de reunión para su última ronda, siempre acompañados de la serena hembra.
*
Parecían intercambiar sonidos inaudibles, susurrados moviendo los bigotes y las orejas como asintiendo secretos. La hembra principal se dejaba rodear por otras más jóvenes que se movían de un sitio a otro.
Un día justo al anochecer, dispuse unos platitos con zanahoria rallada, trocitos de manzana, algo de grano, para ver cual era su actitud. Secretamente intentaba imitar a los reyes magos, o tal vez organizarles un festín de bienvenida a mi casa. Pero nadie salía aquella noche, ninguno de ellos intentaba comer los ricos manjares puestos para ellos.
*
Pasaron muchas horas, sólo algún ratoncito y un erizo degustaron tal comida nocturna. Justo antes del amanecer los tres mosqueteros vigilantes probaron los platos casi vacíos y ya sin miedo ni prevención, unos cuantos compañeros de fatigas salieron a comer, pero ni las hembras jóvenes ni la matriarca entre ellas, como tampoco los gazapitos probaron mi menú.
*
Me pareció una especie de ética ecológica, de preservación y prevención de su joven vida, me pareció curioso y también correcto, porque también pienso que si el pensamiento progresista acepta que nuestra familia es la humanidad entera, el hogar común es este recinto planetario impregnado, por todas partes, de vida, el hecho de prestar atención vigilante es un hecho de inteligente cordura.
*
Mi humanitarismo debería tratar de mantener los recursos futuros de las comunidades por llegar, por lo que decidí plantar lechugas y acelgas, rodearlas de malla protectora y abrir la malla cuando ya hubieran crecido lo bastante para que todos los pequeños gazapitos y sus familias tuvieran comida y... ¿qué pasó?.
Pues que volvieron a dar sus pasadas de vigilancia, sus saltos graciosos, a esconderse con los ruidos nuevos, pero comieron lo bastante como para casi hacer desaparecer las lechugas, y dejar sólo un cogollo de acelgas, que tuve que volver a vallar para dejarlas crecer y repetir la experiencia.
*
Mi reflexión se relaciona con lo pequeño y lo grande. Lo más diminuto que existe entre lo viviente, la célula, y lo más grande, el universo, no puede ser lo uno sin lo otro. Pudiera ser que el ser humano esté precisamente en medio de esas escalas de magnitud, por lo que podría ser consciente de ser el puente que une lo ínfimo, lo diminuto con lo inmenso, lo inconmensurable; ya que aunque no lo sepamos o se nos olvide, nosotros somos eso mismo.
Y todo puente es también un sendero que aproxima, que acerca; como el entendimiento, que sin un opuesto, es suficiente para acercarnos unos a otros un poco de armonía.
Lo aproximado dentro de lo femenino puede ser una forma especial de paciencia, o la naturaleza misma de nuestro mundo interior, lo que sentimos y lo que hacemos, ya que el progreso más tecnológico y la naturaleza están relacionados e inseparables. Se diría en apariencia, que son aspectos difíciles de conciliar, pero si existen ahí fuera, en el mundo visible, en cierto modo también están en nuestra alma, capaz de abarcar todo el dolor y el amor que cabe en La Tierra.
*
Laura Doria
*

lunes, 27 de abril de 2009


*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
EL QUESO
(Río Somme, 30 de Junio 1916. VI Ejército francés)
Ilustración: "Le poilu fromagée"Copyright © Miracoloso
Le había llegado un queso enorme. Envío de su hermana, que consolaba con el regalo la memoria de la muerte de su esposo en Verdún. Un paquete sobrio y sin afecciones, con una doble capa de papel oscuro y un trenzado de cuerda de pita conteniendo el embalaje, ni siquiera hilo de algodón. Dentro sólo había un queso, redondo y rotundo con un peso de dos kilos al menos. No mediaban palabras Un queso beaufort de un color amarillo intenso, de corteza lavada y suave como el culo prieto de una mujer, firme y con un fuerte y penetrante aroma a mantequilla que le abría en dos las narices como para meter en medio un par de buenos cortes.
El problema fue que el queso le llegó la víspera de la ofensiva.
No podía comerlo ni, mucho menos, dejarlo atrás.
En aquella trinchera los muertos compartían el espacio con los vivos. Le repugnaba desperdiciar en esas condiciones siquiera un trozo para probarlo. La anunciada ruptura del frente enemigo sería la solución. Sólo había que esperar al día siguiente. Después del ataque merecería la pena sentarse y partir el queso por la mitad para comerlo hasta hartarse.
Veía al queso encima del mundo, dos planetas opuestos, y como único punto de contacto y de apoyo él mismo. Después imaginaba dejarlo caer encima de la boca por su propio peso e ir dándole bocados sin prisa ni miedo de que tuviese un final.
Sería perfecto el momento, pero no tenía espacio en la mochila para llevarse el queso. Maldijo el modelo de mochila francesa, rígida y pequeña, tipo maletín. El equipo de los ingleses incluía una mochila de lona que hubiera permitido meterlo dentro, pero con la suya era imposible. Cabía partirlo en trozos para que cupiera. Siete u ocho cortes de cuchillo. Sin embargo, perdería aroma y se resecaría. Además sería tanto como renunciar al goce de mantener el queso con ambas manos e ir mordiendo hasta meter en medio la cabeza, según venía a imaginarlo ahora. Definitivamente la mochila no le servía.
Calculó entonces el tamaño de la bolsa con la máscara de gas y pensó que cabría en ella, al menos si la vaciaba antes. Se dio la vuelta para que no le viesen e hizo la prueba. Entraba perfectamente.
La máscara de gas podría llevarla puesta pero sería un estorbo para correr. Mejor no ponérsela. Sin embargo tampoco podía permitir que la viesen fuera de su sitio, no era reglamentario y además le registrarían la bolsa. Bueno, quedaba esconder la máscara de gas dentro de la escudilla sujeta encima de la mochila. Era posible que con la carrera le cayese al suelo pero tendría tiempo después de conseguir otra.
Asunto resuelto.
Decidió dormir un par de horas, pero tuvo miedo de que alguien aprovechase para quitarle el queso. Si lo cobijaba dentro del regazo no pasaría nada.
Pudiera haber aplastado el queso al quedarse dormido, por eso tuvo la precaución de echarse de lado y pegarse a la pared. Pensaba en todo
Las pulgas. Se consoló considerando que las pulgas no comían queso y se quedó dormido.
Si además dormía abrazado al queso, las ratas no se lo comerían. Al menos sin que él se diera cuenta. Las ratas son asquerosas, no respetan ni a los vivos. En todo caso tendría que dormir atento.
Hormigas. Las hormigas suben con facilidad por las paredes y hay tantas que pueden cubrir y ocultar a un caballo cuando duerme. Se preguntó si las hormigas comían queso, pero se dijo que no, que las hormigas no comen queso. Pero no estaba muy seguro. Si lo sujetaba con las manos y se sacaba los guantes, llegado el caso podría sentirlas correr por sus dedos y despertarse a tiempo. Hacía mucho frío, pero la comodidad no era lo principal. De todas formas, quizá bastara con sacarse sólo un guante. Mejor el de la mano derecha porque ésta es más sensible...
Tenía un sueño inquieto.
Le despertó el sargento que andaba dando puntapiés a los que dormían. Eran casi las 07,30. Había una actividad frenética en la trinchera. Estaba a punto de amanecer. Los cañones habían cesado. Durante cinco días habían concentrado miles de piezas de artillería para barrer las posiciones alemanas, ahora ya estaba todo hecho y sólo faltaba el asalto de la infantería. En un momento así, de pronto, cuesta acostumbrarse al silencio. Muchos estaban rezando y otros orinaban o hacían de vientre en el suelo de la trinchera porque las letrinas estaban completas. A estos nadie les reprochó nada porque hubiese parecido derrotista considerar que después del avance pudieran tener que volverse a este lugar. Al fondo, el capitán esperaba con el reloj en la mano.
Unos rezaban, otros comprobaban su equipo, estaba prohibido fumar, un chico había perdido el correaje con las cartucheras, “¡no hay piedad!” gritaba alguien, otros comían algo de sus bolsillos, muchos orinaban, las letrinas estaban ocupadas, “vamos, vamos” decía el sargento mientras el capitán estaba al fondo como si esperase que todos callaran de pronto y entonces poder hablar él, pero había un murmullo y un trasiego continuo, el capitán miraba ya el reloj...
Entre tanto, el soldado había escondido el queso en la bolsa de la máscara de gas, pero ésta no le había cabido dentro de la escudilla y la tiró al suelo, empujándola con el pie para esconderla debajo de los tablones del entarimado. Miro al cielo, no había brisa de aire y por eso era imposible que lanzasen un ataque de gas. Estaba preparado para el asalto.
En ese momento, feliz de haber resuelto el transporte, le vino a la cabeza que por el peso pudiera romperse la correa de la saca. Repaso en su mente las costuras y rechazó la idea, en cualquier caso le dio la vuelta para pasarla delante, para sentir el bulto a la altura del regazo y así darse cuenta si lo perdía.
La pieza parecía pesar más por la mañana. Bueno, quizá fuesen sus ganas de comenzar a comer. Dentro del envoltorio de papel y enlazado de nuevo con la cuerda, parecía protegido. Sopesó la bolsa y temió que alguien se diera cuenta del bulto. Metió una camisa para confundir la silueta del paquete. Más peso, pero no importaba. La camisa estaba limpia, quizá se manchase de la grasa, aunque eso no importaba. Lo único importante era el queso.
Quizá bastase media hora, o aún menos, para que todo hubiese acabado. Alguno parecía mirarle con disimulo y eso le provocaba sospecha. Era sencillo que aprovecharan la confusión para dispararle por la espalda y quitárselo. Se marchó al fondo, a la otra parte de la trinchera, donde nadie le conocía. Allí no tenía amigos ni conocidos. Mejor así, allí nadie le había visto recibir ningún paquete el día anterior. Aquellas caras extrañas protegían el queso, porque lo ignoraban todo. Alguno de los que tenían grande la nariz podría tener también buen olfato, pero para ponérselo más difícil cobijó la bolsa dentro del capote. Era de las pocas veces que le resultaba grato que la trinchera oliese a mierda, así también quedaba camuflado el queso. Asunto resuelto.
Un soldado bajito, que aparentaba estar rezando, se acercaba mucho. Sería casualidad pero eso a él no le gustaba. Metió la mano dentro del bolsillo del abrigo y a través del forro sujetó el paquete con el queso. Estaba tenso, puede que sus nervios confundieran al otro y éste creyera que era miedo lo suyo y por eso se le acercara, para rezar juntos. Era evidente que todos aquellos eran unos idiotas que no merecían probar el queso. Se echó hacia atrás para evitar el contacto, pero entonces el sargento le empujó hacia delante. Bueno, lo cierto es que nadie parecía desocupado como para olfatear el queso. Al menos para olfatearlo y después ponerse a buscarlo. Tenía ganas de que diesen la orden de salir, porque cada vez parecía más peligroso aquel paquete con el queso. Nadie había comido queso desde hacía mucho tiempo y el propio capitán sería capaz de anular la orden si se enteraba de lo de este queso. Ha visto matar por mucho menos y este paquete cada vez parecía más grande y más pesado.
Quizá alguien se diera cuenta que estaba hundiéndose en el barro más deprisa que los demás por cargar con más kilos, pero no era probable que hubiese alguien tan perspicaz como para calcular su envergadura y deducir que ocultaba un sobrepeso. Por si acaso, se desplazó un poco a la derecha para subirse encima de un bote caído del revés en el suelo. Era una lata pequeña y vacía que parecía hundirle más porque se arrugó al ser aplastada. Maldijo la ocurrencia, pero se reconfortó pensando en el queso. Al fin y al cabo nadie se había dado cuenta. Decidió que lo comería primero deprisa y después despacio, una vez hubiera saciado la ansiedad se comería el resto muy despacio.
Al momento se dio la orden y fueron saltando fuera de la trinchera.
Hirieron al soldado antes de que llegase a su propia alambrada. Al menos el haber caído tan cerca permitió que los sanitarios lo evacuaran y pudiera morir camino del hospital.
El camillero no comprendió el significado de sus últimas palabras:—... Gracias Dios mío por el queso, porque al menos en la víspera me hizo pensar en otra cosa....
*
Autor: Jesús Zomeño,
nació en Alcaraz (Albacete, España), en 1964. Actualmente reside en Elche. Ha publicado varios libros de poesía: Del eterno regreso (Valencia, 1989); una trilogía sobre Marruecos compuesta de Diario marroquí (Elche, 1990), Segundo viaje a Marruecos (Valencia, 1992) y Diario de los nómadas (Valencia, 1995); El otoño de montparnasse (Elche, 1995); Un libro titulado 34 poemas (Elche, 2000), Lectura de estaciones (Béjar, 2001). En prosa ha publicado Cuestión de estética (1987) y, recientemente, Lengua azul (V Premio Café Món). Es editor de la colección de poesía Diarios de Helena y del proyecto de Laberintos.
*

miércoles, 25 de febrero de 2009


LA VIOLETA AMBICIOSA
*
*
*
*
Había en un bosque solitario una bonita violeta que vivía satisfecha entre sus compañeras.
Cierta mañana, alzó su cabeza y vio una rosa que se alzaba por encima de ella, raiante y ordullosa.
Gimió la violeta diciendo:
-Poca suerta he tenido entre las flores. ¡Humilde es mi destino! Vivo pegada a la tierra y no puedo levantar mi cara hacia el sol como lo hacen las rosas.
Y la NATURALEZA la oyó y le dijo:
-¿Qué te ocurre, hijita mía? ¿Las vanas ambiciones se han apoderado de ti?
- Te suplico, oh madre poderosa -dijo la violeta- que me transformes en rosa tan siquiera durante un día.
-No sabes lo que estás pidiendo -respondió la naturaleza- ignoras los infortunios que se esconden tras la apariencia de las grandezas.
-Transfórmame en un rosa esbelta -insistió la violeta - y todo lo que me acontezca será consecuencia de mis propios deseos y aspiraciones.
LA NATURALEZA extendió su mágica mano y la violeta se transformó en un rosa suntuosa.
Y en la tarde de aque día, el cielo se oscureció y los vientos y la lluvia devastaron el bosque. Y los árboles y las rosas cayeron abatidas. Solamente las humildes violetas escaparon a la masacre.
Y una de ellas, mirando alrededor de sí, dijo a sus compañeras:
-Mirad, hermanas, lo que la tempestad hizo de las grandes plantas que se levantaron con ogullo e impertinencia.
-Nosotras nos apegamos a la tierra -dijo otra- pero escapamos de la furia de los huracanes.
Y dijo una tercera:
-Somos pequeñas y humildes pero las tempestades no pueden con nosotras.
Entonces, la reina de las violetas vio a la rosa que había sido violeta, extendida sobre el suelo, como muerta y dijo:
-Ved y meditad, hijas mías, sobre la suerte de la violeta ilusionada por sus ambiciones. ¡Que su infortunio os sirva de ejemplo!.
Y oyendo estas palabras, la rosa agonizante se estremeciö y, apelando a todas sus fuerzas, dijo con voz entrecortada:
-Oidme, ignorantes, satisfechas y cobardes. Ayer era como vosotras, humilde y segura. Mas la satisfacción que me protegía también me limitaba. Podía continuar viviendo como vosotras, pegada al suelo, hasta que el invierno me envolviera con su nieve y me llevase hasta el silencio eterno, sin conocer los secretos y las glorias de la vida, más allá de lo que innumerables generaciones de violetas conocieron, desde que hubo violetas en el mundo.
Pero escuché en el silencio de la noche y oí al mundo superior decir a éste:
-El objetivo de la vida es alcanzar lo que hay más allá.
Pedí entonces a la NATURALEZA, que no es sino la exteriorización de nuestros sueños invisibles, me transformara en rosa. Y la NATURALEZA accedió a mi deseo.
Viví una hora como rosa. Viví una hora como reina. Y vi el mundo con los ojos de una rosa. Y oí la melodía del éter con los oídos de una rosa. Y acaricié la luz con los pétalos de una rosa.
-¿Puede alguna de vosotras vanagloriarse con tal honra?
-Muero ahora, llevando en el alma lo que el alma de violeta alguna jamás experimentó. Muero sabiendo lo que hay más allá de los horizontes estrechos donde nací. Y éste, es el objetivo de la vida.
*
KHALIL GIBRAN




"ALGO MUY GRAVE VA A SUCEDERLE A ESTE PUEBLO"
*
Por Gabriel García Márquez
*
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 19 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-"No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo".
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-'Te apuesto un peso a que no la haces'.
Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla, Y él contesta:
-"es cierto, pero me he quedado preocupado de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo".
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mama, feliz con su peso y le dice :
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?,
-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima segun el preocupado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
Una pariente que estaba oyendo esto y va a comprar carne le dice al carnicero:
-"Deme un kilo de carne',
y en el momento que la está cortando, le dice:
-Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado'.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señoraa comprar un kilo de carne, le dice:
-"mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas".
Entonces la vieja responde:
-'Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos...
Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
-Sí, pero no tanto calor como hoy.
Al pueblo todos alerta,y a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-"Hay un pajarito en la plaza".
Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
-Pero señores, -dice uno- siempre ha habido pajaritos quebajan aqui.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes delpueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí, soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete enuna carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que todos dicen:
-"Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos".
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa".
Y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado:
-¿Vistes m'hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?
MORALEJA:
Esto se llama la profecía auto cumplida. 'No hagas caso del rumor' 'No seas tú mismo un instrumento para crear el caos'. ' Lo negativo atrae a lo negativo' Se positivo DEJEMOS EL REALISMO MAGICO EN LA LITERATURA, NO EN NUESTRA YA TAN "IRREAL"REALIDAD...
*