martes, 12 de junio de 2018

(Pájaros sueltos. Poemas de Angalu)
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Hay un contraste en mi vida
que ni yo a veces entiendo.
El alma estimula un sueño,
y va el cuerpo y lo derriba.

jueves, 31 de mayo de 2018


(Poemas de Angalu)
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MAÑANA LLORARÉ
(3-Mayo-2018)
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Mañana lloraré. 
Hoy no puedo.
Ya llueve por mi el tiempo.
Y pasan casi sin sentir los rayos
y ensordecen los continuos truenos,
allá donde en el alma se confunde:
la angustia y la rabia impredecible
con la ansiada esperanza
de que nada pasa.
Hoy no puedo llorar.
Intuyo que debo ser fuerte
y solamente atino a rezar
continuamente
como rezan las velas al viento
del castigado velero.
Mi hijo Javier junto a mi,
los dos en silencio,
surcando las olas del desaliento
mientras su padre, 
-el gran amor de mi vida-
lucha por la suya
ayudado por expertas manos
y las oraciones de centenares de amigos.
Tres besos se evaporaron
antes de entrar en el quirófano.
Mis manos acariciaron las suyas.
Y sus hermosos ojos azules
me miraron profundamente
como si fueran de despedida.
Y no pude llorar
a pesar del doloroso desgarro.
Ni lloré los días sucesivos.
Algún día lo haré.
Cuando el velero haya llegado a puerto.
Cuanto las nubes se hayan marchado.
Cuando haya cesado el viento.
Cuando no se oiga un solo trueno.
O cuando en lugar de rayos
luzca un sol renacido
mezclándose con su sonrisa.
Entonces, tal vez lo consiga.
*
Ángeles Garrido Luna
ANGALU
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lunes, 30 de abril de 2018

(Pájaros sueltos, Ráfagas)
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¡BENDITA SEA LA SOLEDAD BUSCADA, 
cuando por fin se la encuentra! 
Mas la soledad impuesta, 
es una MALDITA SOLEDAD.
*
ANGALU
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sábado, 28 de abril de 2018




(Poemas de Angalu)
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VERSOS DE POLVO Y CENIZA

No se por qué ni para qué escribo
si cuando miro el Universo
me escurro en mi propio suspiro.
Nacer. Vivir. Morir. Solo eso.
Besos de chocolate amargo.
Aromas de rosas y espinos.
Lágrimas de sal y azúcar.
Del trepar al paso lento
-cual la rabieta de un niño-
pasarán unos cuantos años
y todo quedará en olvido.
Versos de polvo y ceniza
en los papeles mugrientos.
En la pequeñas arrugas
escondidos sufrimientos.
Y en las chispas de los ojos:
los fuegos artificiales,
las tracas de los deseos,
los amores que perduran
a pesar que pase el tiempo.
¿Dónde irá a parar el alma
cuando se escape del cuerpo?
¿Por qué nacemos poetas
y escribimos tantos versos,
si no somos siquiera un chiste
que haga reír a los muertos?
Nacer. Vivir. Morir. Solo eso:
Versos de polvo y ceniza
perdidos en el Universo.
*
Ángeles Garrido Luna
Angalu
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lunes, 23 de abril de 2018





(Cuentos de Angalu)
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Hoy, día de San Jorge y del Libro, os dejo como regalo este cuento para que se acostumbren a leer vuestros hijos o nietos. Espero que les guste.
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UNA HISTORIA TRANSPARENTE

En una de las escaleras de un alto edificio, vivían tres amigos: Juan, el mayor, tenía doce años, Elvira, once y Mónica, diez.

Aunque iban a colegios diferentes, tras la merienda y hacer los deberes, se juntaban en un solar de enfrente y Juan leía un libro de cuentos que le había regalado su abuelo.

Eran cuentos muy especiales, porque parecían historias de verdad.

A veces comían pipas y se turnaban la lectura, pero siempre, siempre, las cáscaras las metían en un cucurucho de papel fino que luego, ya en casa, tiraban al contenedor de basura orgánica.

Una vez, sentado en un inclinado tronco de un viejo árbol que según le habían contado, vivió erguido mucho tiempo en aquel solar, Juan comenzó a leer, mientras Elvira y Mónica comían pipas:

“No podemos hablar, ni falta que nos hace, pues hacemos tanto ruido que a muchos se os pondrían los pelos de punta.

Unos somos bastante gordinflones. Otros y otras, no tanto. Pero aunque seamos de colores diferentes, todos, todos, somos transparentes.

Cada uno, tenemos más vidas que los gatos. Y dicen de éstos que tienen siete. Así que, cuando hayáis leído ESTA HISTORIA TRANSPARENTE, podéis calcular si vale la pena de que así sea.

Nos podéis encontrar en muchas partes, sin salir de vuestra casa. Pensad un poco, en algo incoloro, o verde, azul, oscuro casi negro, y transparente. Como una botella, por ejemplo, que lo mismo puede contener agua, que vino o cualquier refresco.  Eso sí, pensad en algo transparente que no sea de plástico. Como el búcaro que le regaló vuestro padre a vuestra madre con una rosa roja en día de los enamorados. El bote de la confitura también vale. O el frasquito de colonia de la abuela. O sea, para abreviar, todo lo que es de cristal. Porque a vuestra edad, sabiendo leer, también sabéis de sobra lo que es cristal, ¿verdad?

Como supongo que hasta aquí estáis conformes, sigo:

Imaginad ahora que un muchacho mayor que vosotros, desde la calle, le da tan fuerte puntapié a su pelota, que rompe el cristal de una ventana. ¿Qué van a hacer los mayores, además de reñir al culpable? ¿Cambiarlo, no?  Porque el cristal de una ventana no puede estar roto, pues dejaría pasar el aire cuando hace frío, o la lluvia cuando llueve.¿No?

Como imagino que estamos de acuerdo, ahora os pregunto;

¿A dónde irán a parar esos cristales? Y me contestaréis que a la basura ¡claro!. ¿Pero dónde? Y estoy seguro que me contestaréis que con las demás cosas de cristal. Con las botellas, tarros, vasos y demás cosas que ya no pueden usarse y que además os pueden causar cortes y arañazos.

Pero ¿sabéis que nos hacen?. Creo que no. Por eso os lo cuento.
Aunque creáis que no podamos protestar cuando nos tiran al contenedor de cristal, se arma un griterío tremendo. Nos tiran con fuerza y chocamos unos con otros. El que no estaba roto, se rompe. Nos hacemos cosquillas y gritamos todos los trozos como locos. Nos reímos. O lloramos si nos hacemos daño, pues unos sobre otros, con el peso, nos aplastamos. 

Cuando los contenedores de las calles están llenos, nos vuelcan en un camión y ¡hala! ¡a gritar todos! Entonces todavía más fuerte. Pero nos divertimos, que conste. Ya nos hemos acostumbrado a los porrazos y nos reímos unos de los otros. Y es divertido ver como caemos y nos vamos rompiendo.

Luego nos llevan a una factoría o fábrica muy grande y ahí sí que nos lo pasamos pipa. Acabamos tronzándonos de risa. Y así, hechos pedacitos, nos pasean por cintas después de clasificarnos por colores. Y, aunque es muy difícil reconocer el resto de pedazos de nuestros cuerpos, porque somos muchos, chocamos ya casi sin rompernos, subimos y bajamos toboganes que corren solos y nos vuelcan en contenedores más grandes que los de las calles. 

Después nos lavan y duchan con agua muy caliente que huele muy rara, -aunque siempre han dicho que el agua no huele- salimos muy brillantes, nos secan con fuego, nos vuelven a juntar y salimos de allí todos nuevos, convertidos en vasos, garrafas, botellas, jarras y jarrones. Y también algunos, en cristales para ventanas. O en ladrillos transparentes para que algunas paredes dejen pasar la luz. 

Y todo eso... ¡muchas veces!. Ya he dicho antes que tenemos más vidas que los gatos.

Ahora que ya sabéis esto, recordad que no nos debéis dejar mezclados con otras materias. Y mejor limpios y transparentes para que esta historia continúe.

Tengamos la forma que tengamos, los cristales, os saludamos y os damos las gracias.

Ángeles Garrido Luna
"Angalu"
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martes, 17 de abril de 2018





(Cuentos de Angalu)
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(Este cuento va dedicado a mis tres nietas: Carolina, Patricia y Valeria)

UNA ABUELA EN EL AUTOBÚS


María, Marta y Mercedes eran tres hermanas de siete, seis y cinco años respectivamente, y aquel día fue divertido ir al parque con su abuela en autobús.

Así que después de esperar un ratito en la parada, dejaron subir a toda la gente primero, porque su abuela llevaba bastón y prefería subir la última, con calma y despacio.

Pasaron ellas tres delante y se sentaron en dos asientos. María cogió a Mercedes y la acomodó en su falda porque por la peque no iba a pagar billete, y esperaron a la abuela. Ésta. apoyó el bastón con fuerza para subir más cómoda, pero tras hacerlo se le escurrió el bolso desde el hombro hasta el suelo, y al levantar el bastón para cogerlo, se le escapó, se abrió y se esparcieron todos los monederos de distintos colores que llevaba dentro.

Entre varios señores, muy amables, se los recogieron todos, se los pusieron dentro del bolso y la ayudaron a recomponer su postura, ya que la otra mano la tenía apoyada en el parabrisas para no caerse.

María, Marta y Mercedes reían a gusto, mirando al conductor como observaba a su abuela con cara de ogro dispuesto a comérsela entera.

Ya recompuesta y con todo en orden, tenía que pagar a aquel impaciente conductor, que llevaba retraso por culpa de un jovencito que le adelantó de forma imprudente en la anterior parada. Tendría que entregar un Parte por su retraso y recibiría una reprimenda de la empresa. ¡Y no estaba para más bromas!

La abuela, despacio, abrió el bolso diciéndole al conductor que no tuviera prisa y que no pusiera el autobús en marcha hasta que estuviese bien sentada. Se rascó la cabeza tratando de recordar el color del monedero que contenía las monedas de dos euros y al no conseguirlo comenzó a abrir uno tras otro, todos los que llevaba. El rojo contenía un montón de moneditas pequeñas de un céntimo. El naranja, de cinco. El amarillo de veinte. El verde de cincuenta. El azul de un euro. Y por fin, el último, de color morado, tenía que ser el de dos. Pero no quedaba ninguna moneda y como ya tenía cerrados los demás monederos, buscando el que contenía las monedas de uno, comenzó por el rojo otra vez, como hacía siempre, por orden, según los colores del arco iris.

Se acercó amablemente a ella uno de los señores que la habían ayudado antes, diciendo:

-¿No se acuerda usted de que color es el monedero que contiene las piezas de un euro?

-No.

-Pruebe con el azul.

-Pues sí. Tiene usted razón, éste debía de ser, pero tampoco me queda ninguna pieza. -Dijo palpando con los dedos todas las esquinas.

Ante esa respuesta, el conductor que ya estaba muy alterado y nervioso le dijo con cara de pocos amigos:

-¡Siéntese y y me pagará luego!

-¡Quiá, no señor, yo soy persona muy honrada y no me siento sin pagar primero!

Y siguió buscando entre los demás monederos de colorines hasta que el señor le señaló el color verde. Pero solo quedaba una moneda de 50 céntimos que se metió aparte en un bolsillo de la chaqueta. 

-¡Siéntese! -gritó el conductor.

-¡Quiá, no señor, primero tengo que pagar!

Y siguió abriendo sus monederos. En ninguno quedaban ya monedas, salvo en el último que estaba abarrotado de piezas de un solo céntimo. Y comenzó a contar en voz alta, seguida de los pasajeros más cercanos, con intención de ayudarla, mientras las nietas reían divertidas.

Lleno de furia, rabioso como un perro cuando ladra muy fuerte, soltó las palabras de golpe, tan aprisa, que parecía que se perseguían unas a otras:

-¡O se sienta de una puñetera vez o arranco!

Y la abuela, con paciencia de santo, le dijo suavemente:

-¡Quiá, no señor, no me siento si no pago! Y no me distraiga, por favor, o tendré que comenzar a contar otra vez!

-¡Lo que me faltaba! ¡Por Dios Bendito, siéntese de una vez que yo le regalo el viaje! Pero a la próxima, vaya usted al ayuntamiento que le den la tarjeta gratis que hacen a los jubilados.

-¿Gratis?... ¡Quiá, no señor, que yo puedo pagarlo, no soy pobre!

-Haga lo que quiera. Este viaje yo se lo regalo. Pero siéntese por favor de una vez, que si no, me va a penalizar la empresa por el retraso.

Cuando por fin le cedió una señora su asiento, detrás de sus nietas, se sentó y arrancó por fin el autobús que las llevaría hasta la esquina del parque, y todos los pasajeros se pusieron a aplaudir entre risas.

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Ángeles Garrido Luna
Gerona
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viernes, 13 de abril de 2018

(Cuentos de Angalu)
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T R E S    C U E N T O S    P A R A     P E N S A R 


PÁJAROS

Arriba los estorninos como negros nubarrones, amenazantes. Más abajo las cotorritas verdes con plumas amarillas en el pecho, desplazando a los alegres gorriones; asustando  a las pacíficas palomas blancas y a las atontadas tórtolas. 
Arriba un augurio de tormenta sin agua, con un espeso y apestoso granizo blando que lo contamina todo y es urgente retirar.
Abajo las orquestadas voces de protesta y algarabía continua, dejándose ver al saltar de rama en rama, sin miedo a nada, porque la unión hace la fuerza y lo saben.
Las gaviotas reclaman su morralla a los pescadores cuando vuelven de la mar. Pero también emigran remontando los ríos, anidando en las terrazas, atacando a quien se acerca.
Aviones y golondrinas ya no invaden las ciudades para limpiarnos de mosquitos. 
Y esa revolución de los pájaros no es una película. Es una realidad. 

*


PAJARRACOS

Arriba los buitres y las águilas dejándose engullir por los vientos ascendentes. Más abajo las presumidas y apestosas abubillas, escondiéndose entre las ramas como si se tratase de una trastienda. Los Cuervos amenazantes, a la espera de cualquier presa. Los mirlos embaucándonos con sus trinos para esquilmarnos los frutos de la vega y de la huerta. Y más abajo, los grajos, anunciando el frío que nos acecha.
Tampoco es una película de pájaros. Es una realidad.  

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PÁJAROS SIN ALAS

¿Se les atrofiaron las alas?. Les creció la cabeza y el cuerpo de tanto esquilmar. Son de peso pesado y no pueden volar. Están por todas partes. Se pelean y se atacan, pero como cada día son más, no nos van a dejar nunca en paz. Su profesión tiene la “P” de parásitos, y son peor que las siete plagas de Egipto para nuestra sociedad.
Piensa lo que quieras. ¡Seguro que acertarás!

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ÁNGELES GARRIDO LUNA
GIRONA
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