martes, 12 de septiembre de 2017





(Cuentos de Angalu)
*
Comparto aquí hoy, con los seguidores de este sencillo blog, el capítulo 15 de mi libro: CUENTOS ENCADENADOS-UN MUNDO ENTRE GERANIOS. 
Espero que os guste y me deis vuestra opinión.
*
15.- HISTORIA DE UN CURA

Me contaba mi abuela de niña: “rara es la historia de un pueblo en la que no interviene la autoridad”. Y esa autoridad estaba entonces compuesta del cura, el alcalde, el maestro y el médico.
Y pensando en eso, me viene a la memoria esta historia sin aroma a geranios, pero salpicada de enormes cactus floridos.
Recuerdo una ermita, -como casi todas encima de un montaña- rodeada de alcornoques sin patas, porque esos por desgracia están por todas partes, con su fachada principal orientada al sur, rodeada de gigantescos cactus, desde el borde mismo de la puerta hasta la esquina de poniente, que florecían cada año, alternándose prestando un encanto especial al entorno.
En las fachadas laterales y trasera, un corrido banco de piedra reforzaba las paredes y eran aprovechados por los excursionistas, deportistas en bicicleta, y los devotos que acudían hasta allí los fines de semana.
Cada día celebraba allí la Misa un cura cuyo nombre no recuerdo, con pinta de bonachón, bajito y regordete, que tenía su pequeña casa adosada en la parte de levante. Pero la celebraba tan temprano, que rara era la persona que acudía, por lo que desconozco la duración de la misma en días laborables.
Sin embargo, los domingos la celebraba a la una del mediodía, por lo que la pequeña iglesia se llenaba a tope de feligreses de los pueblos cercanos y de la ciudad, que luego encendían sus barbacoas para calentarse la comida y asar costillas de cordero, dando un perfume tan tentador, que de haber habido un cementerio al lado, se habrían despertado hasta los muertos para saciar su apetito.
Desde esa pequeña sierra se podía contemplar un amplio paisaje, y allí solíamos ir cuando mis sobrinos eran pequeños, los domingos de enero cuando el tiempo era benigno, sin viento y con sol. Y en primavera aposentándonos en semi sombra.
Un domingo, cuando Carlos, el hijo de mi hermana, que tendría entonces de nueve a diez años, se negó a entrar a Misa, diciendo que era muy aburrido. Para atenuar es pescozón de su madre y el bufido de su padre, me acerqué a el y le dije:
-¡No te lo pierdas! No te vas a aburrir. Tu escucha atentamente al cura. ¡Pero muy atentamente, eh? Y sigue todo lo que dice y verás como no te aburres. ¡Palabra de tía! Además esta misa es muy corta.
Aunque no convencido del todo optó por entrar.
Yo estaba a su lado y le observaba de reojo. Debía contenerse para no estallar en carcajadas. Pero nunca he visto a un chaval tan atento escuchando a un cura.
Lo más largo de ese oficio suele ser el sermón tras la lectura del evangelio. Pero allí también resultaba cortito.
Aquel cura era un mosén sentencias, de frases cortas y tajantes, expeditivas. Una palabra empujaba a la otra tan aprisa, que el capó de una se aplastaba sin remedio con el morro de la siguiente.
Se precisaba mucha atención. No había feligrés que se durmiera, y si alguno osaba hacerlo, a la primera palabra pronunciada en tono inesperadamente fuerte, despertaba de golpe, llevándose un soberano susto.
Del Padrenuestro, podría decirse que ni una vieja beatucona acostumbrada a recitar el rosario a cien por hora, le llegaba a la suela del zapato de aquel cura cohete.
Insinuaba las consonantes. Apenas pronunciaba las vocales, y cuando lo hacía, que no era siempre. Y suerte que ya no era la misa en latín como en tiempos de nuestros ancestros. Porque entonces en lugar de “in secula, seculorum, amén” como era de rigor, no habría llegado siquiera a decir: “siculin siculorum amén” como decían las viejas beatucas citadas, sino que se habría quedado en “siculamen”.
La gran cantidad de asistentes entonces a aquella ceremonia, no se reían. O conocían bien al regordete y menudo cura, y a pesar de su sonata en fuga conseguían entenderle, o se lo perdonaban por resultar tan corta o “barata” a decir de algunos.
A la una y veinte no quedaba dentro de la capilla ni una mosca despistada. Ni el cura, que era el primero en salir, desvestirse de su casulla y desaparecer por la puerta de la Sacristía a su casa.
Al salir del atrio aquel día, mi sobrino estalló en carcajadas, repitiendo una a una todas las palabras, todos los fallos. Y a más de un feligrés se le escapó una sonrisa por debajo del bigote, si ern hombres, o un ji ji ji entre dientes, algo tímido, de ser mujeres.
Desde aquel día, Carlos no protestó cuando mi hermana le obligaba a ir a misa todos juntos, los domingos. Lo que no había conseguido nadie hasta entonces.
Los sermones largos cansan. Lo breve, si se entiende, siempre es bueno. Por lo que muchas veces me pregunto, desde que supe que falleció aquel bondadoso cura, si estará en el cielo provocando que se rasquen la cabeza los ángeles, pensando en lo que dice.
*
Ángeles Garrido Luna
ANGALU
*

2 comentarios:

  1. gracias por dejarnos leerlo, me ha encantado. Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Gracias a ti por estar siempre por aquí. Ya tienes otro encima, más cortito. Y como sueles decir tu: ¡UN ABRAZUCO!

    ResponderEliminar