domingo, 13 de agosto de 2017

(Cuentos de Angalu)
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SINFONÍA A BORDO DE UNA BATUTA
(Capítulo o cuento núm. 7 
de “Cuentos encadenados - Un mundo entre geranios)
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(Lo transmito aquí por deferencia hacia Francisco Espada y a todos los seguidores de este blog, amigos de los cuentos y la música, que no es lo mismo que ser melómano o cuentista.)
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Aquel día, Carlos amaneció con mala leche. Las nubes blanco-gris-azul plomo, desmelenadas, con la enmarañada cabellera sin peinar, despertaron como él: con un humor de perros rabiosos. Con rayos y centellas. Como si sus trece años recién estrenados le pesaran unas veces y otras fueran pocos. Como si un pié quisiera correr y el otro quedarse quieto. Con un embriagado afán de llevar la contraria, que ya durante el desayuno le enfrentó con Mary, la “pánfila” asistenta, con Pili, su “tonta, pija y única hermana”, y con papá y mamá. O sea: con todos los habitantes de la casa. Conmigo no, porque resido arriba y bajo pocas veces.

Luego se arrepentiría, como casi siempre, pero ya sin remedio, ya que todos los tacos y berridos se habían disuelto en el aire, contagiando su malhumor a todo bicho viviente, incluyendo moscas, mosquitos y cualquier carcoma despistada.

Si todo se contamina con la mala uva, tal vez una parte de aquellos arañazos que mostraban las nubes fueran su culpa, y los truenos su voz.

Salió de la casa camino del colegio perseguido por la puerta que se estrelló con tal furia, que hizo saltar el cuadro de Pili. Lo supo enseguida por los gritos de su hermana: -”Salvaje. Bestia. Bruto. Me pagarás el arreglo con tus ahorros” 
-”¡La muy tonta!...total ¿para qué?... para cubrir esa mierda de paisaje, que más que pintado con su mano derecha parece pintado con su pata izquierda. Si le pago algo será una gruesa tela negra para cubrirlo del todo y que no se vea. Brrr...¡qué tontas son las chicas!”

Y en el colegio ocurrió otro tanto. Al entrar en desordenado pelotón en clase, todos descubrieron un dibujo en la pizarra, sacándole a la maestra los ojos de sus órbitas normales. Las dos cruces gamadas que “el bizco” y él habían dibujado con la intención de hacer rabiar a la profesora de matemáticas, -encarnizada anti nazi- alguien desconocido las había transformado. No eran ya simples palotes formando cruces con los brazos quebrados, si no un hombre y una mujer con sus atributos añadidos al original, la cabeza como un sol infantil encima, sonriendo, resultando un dibujo esperpéntico.

Aunque al principio se le escapó una risa guasona, luego sintió enrojecer hasta las orejas, al darse cuenta que la profesora le estaba observando.

Le echaron de la clase. Nadie se confesó culpable y eso le ocasionó otro berrinche, que desahogó dando puñetazos a las paredes.

A la hora del recreo vino el simbólico castigo, que afortunadamente no pasó de ser simbólico: escribir hasta llenar la pizarra, repitiendo la frase: “A partir de hoy tendré más respeto a mi profesora, a mis compañeros y a mi mismo” y que al principio escribió una, añadiendo toda la pizarra de comillas, pero luego se lo pensó mejor, las borró todas y pacienzudamente escribió las frases con letra pequeña, apretada para contrarrestar su primer impulso y no le cayera un castigo adicional.

Lo que más le dolió es perderse el recreo y no poder dar unos puñetazos al bizco y a los que transformaron el dibujo.

Así llegó a casa hecho furia-rayo-tormenta, todo a un tiempo. Menos mal que todos estaban fuera en ese momento. Así que decidió desahogar su rabia dando portazos y tirando cojines -”esas idioteces caseras”-  por el suelo.

Como seguía igual o peor, violó el despacho de papá revolviendo todo lo revolvible  a su alcance hasta que dio con su caja de puros habanos. Cogió la radio antigua que tanto mimaba su progenitor. Se sentó en el sillón con las patas sobre la mesa. Ojeó el libro que se hallaba ante su olfato con aroma a rollo y emulando al dueño con gran derroche de guasa, encendió el puro, sintonizó una emisora con música clásica y se dispuso a leer.

Ante semejante tostón, recordó las melómanas lecciones de su padre: -”Cierra los ojos. Imagina que vuelas. Sentirás una sensación...

Pero ¿cómo iba a leer si cerraba los ojos? Y ¿cómo iba echar la ceniza del puro en su sitio si no veía?

Así que optó por hacerlo a la inversa: leer, fumar e imaginar que cerraba los ojos y alzaba el vuelo.

Diciembre de 1945.

Berlín despedía el año con hedor a vómito de guerra.

Almas de muertos y vivos vagaban confundidas, huyendo de sus cuerpos con un sentimiento de vergüenza o de culpa, mientras ellos -los vivos- se movían de acá para allá con gestos precisos. Con mecanismo mágico, por moverse, por hacer algo, buscando en el trabajo todo el honor perdido. Desahogando con golpes certeros de diestra y siniestra, las vejaciones sufridas antes y después de la gran tragedia.

Piedra a piedra, paso a paso, comenzaban cada día de nuevo, la dura tarea de la reconstrucción. Y al remover las ruinas tratando de encontrar lo poco o mucho de valor sepultado, surgían punzantes los recuerdos.

El viento, sátiro y macabro, se paseaba con descaro derribando cuanto escombro en equilibrio hallaba a su paso.

Y en una amplia calle, tal vez avenida, un viejo teatro permanecía sin fachada y sin cabeza, con las cortinas raídas y mugrientas, y el telón y las butacas a medias, tambaleándose, esperando que alguien con un resquicio de esperanza se compadeciera.

Todo el que pasaba no podía evitar mirarlo con tristeza. Pero al llegar al final de la calle, borraban su imagen con tristezas más tristes todavía.

Y se quedaba solo, abierto de par en par a las inclemencias del tiempo y las esporádicas miradas. Rodeado de ruinas, polvo y miseria, que la nieve, compasiva, cubría de vez en cuando.

Se acercaba Navidad y había que celebrarla, aunque en el árbol solo se pudieran colgar piedras pintadas de fantasía. Aunque en gran parte de los hogares improvisados aún, entre los despojos de lo que fue una gran ciudad, desde los últimos bombardeos de Abril, precintaran tristes bandas negras las esquinas de alguna que otra fotografía. Aún a costa de estar divididas muchas familias entre los distintos gajos de la ocupación.

En un lugar no lejano, en la esquelética ciudad, alguien había escrito una frase muy significativa:

“DAZU BRAUCHE HITLER 12 JAHREZEIT” (Para esto necesitó Hitler 12 años).

Por la calle solitaria y derruida comenzaron de pronto a surgir sombras negras, cargadas como hormigas en verano, con su botín a cuestas. Mas no eran hormigas ni llevaban migas de pan. Una a una, las diminutas sombras fueron creciendo, mostrando ya de cerca, con orgullo la tiesa pajarita y el frac recién sacado de algún viejo arcón, con olor a naftalina, pero planchado y limpio.
El teatro parecía mofarse con su faz, toda ella boca, dando vida con su intimidad al descubierto, a la ruidosa calle.

Los peldaños del escenario tiritaban de emoción. Hubieron de ser sustituídos por sillas, que al ser pisadas chirriaban soltando su enojada polvareda. Las tablas del escenario se hallaban tan podridas que resultaba difícil distribuirse. Mas nada que no fuera la vida misma, la propia supervivencia, era problema. Así que todos, después de desencajar algunas de ellas, las intercambiaron, colocando las peores al fondo del escenario.

La nieve y la lluvia contemplaban desde arriba la escena sin atreverse a interrumpir. Hasta el viento permaneció quieto, a la expectativa. Y un grupo de personas desde la sombra de lo que fue acera, mirando desde el otro lado de la calle, se acercaban.

El atril estaba cojo. Hubieron de improvisar un pie con los restos de una silla. Y la batuta que el viejo Director extrajo de su bolsillo, estaba carcomida.

Desenfundaron los instrumentos y afinaron las cuerdas.

De un rincón del escenario, cubierto de cascotes y vigas extrajeron un piano, que resultó milagrosamente ileso. Como niños mimados de la guerra, se habían salvado los sonidos.

Mientras en la calle los curiosos iban en aumento, cesó el frío. Sin duda asustado del nuevo rescoldo que surgía, huyó hacia el norte perseguido de una suave brisa.

Una vez afinados los instrumentos, preparaba el Director su batuta, cuando de repente, se rascó con ella la espalda, entre el frac y la camisa. Y luego, obligado tal vez por el extraño resorte de las miradas, se giró y al ver a tan nutrido grupo de personas sentadas en las raídas y polvorientas butacas, tras una reverencia anunció emocionado a viva voz:

-Sinfonía núm. 1 en do menor op. 68 de Brahms.

Y acto seguido, encendido por un extraño y olvidado rubor, comenzó a dirigir con pasión a su recién reunida orquesta. Después de 18 años de obligada disolución, al ser perseguidos gran número de sus miembros por ser de origen judío, se reunían los supervivientes de tanta tragedia, después de tantos años sin verse, sin ensayos, con un nerviosismo y emoción rojiza y húmeda que emocionó a los presentes.

A cada sonido se avanzaba un poco más hacia la calma, mientras brotaban pequeñas burbujas de la respiración del público.

Varias mujeres oprimían la hasta entonces seca esponja de su desdicha. La música reblandecía el caparazón de tortuga que la dureza de la guerra y la humillación de la derrota habían labrado en torno a los sentimientos.

Tres ancianos y varios niños dirigían con sus manos, marcando el compás sin darse cuenta. Y todas a una, las almas del auditorio y la orquesta, escapaban con cada nota de su propia asfixia. 

En un pequeño y oscuro rincón, ellas bailaban forzadas con la embrujada música.

También ellas habían perdido toda su familia con la guerra, aunque al principio les fuera bien y se engordaran con la miseria ajena. Pero por falta de alimento habían fallecido casi todos sus parientes escuchando un recital en este mismo teatro. A la abuela la aplastó un general de la SS, mientras gozaba escuchando la “Cabalgata de la Valquiria”.

Y ahora que ellas se relamían de gozo ante tan nutrido grupo de personas, esperando armarla y aprovechar la ocasión... un brusco movimiento las sacó de sus casillas.

No podían escapar. No atinaban. Bailaban por imposición. A la fuerza. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo.

¡Cuánto coscorrón!

Los saltos cada vez eran mayores. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Luego lentitud, deslizamiento suave. Y, bruscamente de nuevo la locura del salto, chocando una y otra vez contra las paredes y el techo. A pesar de ello, la música tan bien interpretada y dirigida, creada con tal sutil inspiración por su autor, les gustaba.

Invadía todo su cuerpo una extraña sensación. Serían mártires por algo grande e inusitado. Por el verdadero fin de una guerra atroz. Por el nacimiento de una nueva esperanza, una nueva ilusión, aunque antigua, renovada. Por la evasión del espíritu a través de la música: cerrar los ojos, imaginar que vuelas...

La brusquedad irrumpió de nuevo. Arriba. Abajo . Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Enajenación. Extenuación. Primer estertor. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Laxitud. Agonía. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Zarpazos. Segundo estertor.

El público gozaba de un final único y grandioso.

Y tras el glorioso final, una calurosa lluvia de aplausos obligó a la reiterada y ceremoniosa
salutación del Director y la Orquesta.

De las arremolinadas nubes comenzó a descender la contenida nieve mezclada de lluvia. El viento regresó de su destierro y envidioso por perderse lo acontecido, comenzó a resoplar con ira, haciendo que el auditorio huyera en desbandada, mas no sin antes llevarse escondida en la bufanda una nueva ilusión, mientras los músicos recogían sin prisas sus instrumentos y cubrían el piano con los restos de algunos decorados.

Embriagado por los aplausos, que aún resonaban como un eco en sus tímpanos, el flaco y anciano Director, olvidó sobre el desvencijado atril la carcomida batuta.

Dentro, rodeadas de carcomas empotradas en recovecos, se hallaban extenuadas, muertas, patas arriba, las dos pulgas.

Despertó rascándose la espalda. Sobre los pies -todavía encima de la mesa- se hallaba abierto el libro. En el suelo, los restos del puro rodeado de ceniza. Y en la radio se cruzaban varias emisoras logrando un singular barullo.

Después de hacer desaparecer las huellas de su fechoría, se puso a estudiar. Pero no pudo. Le venían a la memoria las cruces gamadas que había pintado en la escuela, con la intención de hacer rabiar a la profesora. Ya no se sentía rabioso ni enojado. No comprendía lo que le impulsaba a llevar la contraria a los demás. Ni comprendía que Hitler hubiera ganado unas elecciones. Ni que hiciera tantos disparates y salvajadas. Tal vez tuviera razón su padre al decir que el poder corrompe y transforma a los hombres. Lo esencial, -le repetía hasta la saciedad- es el respeto hacia los demás, el sentido de la justicia auténtica, sin egoísmo, y el amor a la cultura universal, protegiendo especialmente la propia.

En cambio, la profesora del colegio, la de lengua, les decía a todos que la extrema derecha es la culpable de todos los males de la Historia.

Y el monitor de gimnasia, que los únicos culpables de los males que nos aquejan en la actualidad, son los comunistas.

No hay quien se aclare con tales ideas. Luego se extrañan los mayores de mi falta de carácter e inseguridad. Miramos la tele y ¡hala!... toma guerra...sexo...violencia...robos a bancos... empujones en las colas y en el metro...malas caras...y a los pobres viejos indefensos les roban la cartera y a las señoras el bolso, echando a correr.

Y si a un pobre chaval como yo, se le ocurre romper algo para desahogarse, le cae un castigo sin remedio.

Menos mal que ese sueño tuvo un final divertido. Ja ja ja... ¡Dos pulgas!

Lo que se rieron mis amigos de clase al día siguiente..."

Fue mejor que la novedad del primer porro.

Porque él, mi sobrino, a pesar de la excelente formación que le ofrece mi hermano, es muy atrevido, aunque luego rectifique sus errores.

Cuando me contó este extraño sueño, me dijo que probó un porro dos veces nada más. Por fardar con los amigos. Pero que a solas le dio miedo tanto colocón y a la tercera ya no aceptó.

“En cambio, la música, ¡mira por dónde va a tener razón tu hermano... es otra cosa! ¡Será cuestión de escucharla en las horas pelmas, cerrando los ojos, imaginando que vuelo y diciendo bajito: Música Maestro!

El no sabe que eso de cerrar los ojos y soñar que vuelas, se lo transcribí yo a su madre y ésta a su padre.

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3 comentarios:

  1. Delicioso, Angalu, y como me anunciaste con bastante paralelismo a mi poema del otro día. Gracias infinitas por haberlo reproducido aquí y la mención que haces. Por mi parte, te invito a pasar hoy por mi blog, si no lo has hecho, y leer "Sonata de estío", dedicado a mi prima María.

    De nuevo gracias y un beso.

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  2. No veo el comentario que dejé hace un cuarto de hora, un sabotaje tal vez.

    Besos.

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