martes, 13 de junio de 2017



 (Cuentos de ANGALU)
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 Espero vuestras opiniones sobre este cuento, es el segundo de los 33 de mi libro: CUENTOS ENCADENADOS-UN MUNDO ENTRE GERANIOS. Gracias.

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2.- EXTRAÑA DESPEDIDA

En este edificio de esta casi calle a las afueras de una pequeña ciudad, -cuyo nombre no pienso citar- al ser de cinco pisos más ático, de alquiler, cambia cada cierto tiempo de vecinos; destacando, -como siempre suele suceder- los más extravagantes y carismáticos.
En el ático residieron una corta temporada, la decoradora con su extraña pareja; a quienes yo, evadiéndome del tedio cotidiano, contemplaba sorprendida, agazapada mi nariz entre los geranios de mi ventana.
Dicen que todas las cosas tienen su momento y tengo comprobado que se deja de comentar un suceso, o dejan de volar las plumas de un chismorreo... cuando surge otro y las alas anteriores ruedan por el suelo hechas añicos. Y era su turno.
Su manera de vestir, de hablar y comportarse, les mostraba tan distintos a los demás que parecían gentes de otros mundos. De esos pequeños mundos dentro de este también pequeño planeta que compartimos todos.
Cada fin de semana organizaban un festín con baile y música, al que no acudía vecino alguno ni nadie conocido de la cercana ciudad, y duraba hasta las tantas y una más de la madrugada. Luego, ya clareado el día, parecía como si se les hubiese tragado la tierra. Todo cerrado y silencioso: puertas, ventanas, persianas... O no estaban o dormían la mona. Y si estaban, la resaca debía de ser de abrigo, pero de visón, por lo menos.
Y cada lunes, muy temprano, con pinta de sueño, las raras y gesticulantes despedidas.
Permanecí con la incógnita hasta que un caluroso día de verano, tras dormir con la ventana abierta, oí como despedían una a una, sus extrañas visitas. El viento era favorable y mi fino oído captó tres frases:
-Que ustedes lo caguen bien.
-Gracias, igualmente.
-Se agradece el interés y su visita.
Pensé que me había engañado mi percepción auditiva y decidí prestar más atención. No me parecía lógico que hablándose con corrección, soltaran esa tosca palabreja. Deberían decir que ustedes lo pasen bien y el subconsciente me estaba jugando una mala pasada. Así que desde la cama, con mi bastón corrí las cortinas dejando la ventana abierta de par en par, la persiana algo más levantada y apagada la luz, para no ser vista desde fuera.
Como una farola de la calle proyectaba la sombra de mis geranios hacia adentro, aparté dos macetas con el bastón y me tumbé ligeramente sobre el respaldo de la cama.
Apenas marchó la primera pareja, salió otra tan desconocida como la anterior y los inquilinos les despidieron en el umbral de la puerta de la escalera:
-Que ustedes lo caguen bien.
-¡Oh, gracias! Eso esperamos. Igualmente, ¿eh?
-Haremos lo posible, gracias y buen viaje.
¡Otra vez! ¿Sería posible?... Tal vez todos salían tan embriagados que no se daban ni cuenta de la tomadura de pelo de sus anfitriones.
Así iban desfilando todos, bajando por el ascensor, mientras ellos permanecían abajo, despidiéndolos y señalándoles el lugar donde habían dejado aparcado el coche. Unos soñolientos, otros algo colocados, iban tambaleándose, como una procesión de zombis.
A esa día le siguieron otros de aparente normalidad. Todo según se mire, ya que la pareja se las traía. El iba siempre -siempre que yo le veía, claro- con la cabeza rapada, con un pantalón tejano con más guarnición que una pocilga y una camisa enjaretada, con puntillas, a medio abrochar, dejando al descubierto un indescriptible tatuaje. Calzaba chanelas brillantes y fumaba siempre en pipa larga, como la famosa pipa de la paz. No sé, aún hoy, si fumaba tabaco o sustancias más peligrosas.
Ella, con el cabello corto, rizado a lo abisinio, con ricitos grifados como gatos con permanente en plena trifulca y teñidos a mechoncitos de colorines, desde el blanco al rojo más intenso, y desde el gris plata al negro. Siempre andaba por la terraza con su kimono dorado, bordado en seda negra y roja, que apenas sujeto, al moverse se abría mostrando unas braguitas de encaje rojo y los muslos morenos y rollizos.
La llamaron “la pepona” por su similitud con esa muñeca de cartón antigua, al maquillarse excesivamente, especialmente en el uso del colorete.
Los más pícaros abuelos del barrio, por ser verano, con la excuso de dar un paseo por la noche y tomar el fresco, se sentaban en un banco de este lado de la calle, en frente del edificio en cuestión; la observaban, siempre tan chismosos, y la bautizaron asi.
Yo podía contemplarla libremente a todas horas, sin ser vista. Con luna, con sol o con el reflejo de las farolas de la calle.
Llevaba las uñas de manos y pies siempre lacadas en negro, disimulando las manchas nicotina, de unas manos en continuo vaivén hacia la boca para dar sus pipaditas al tabaco rubio; y unos pies siempre descalzos por la terraza, dejando las plantas más oscuras que su sombra.
Yo no se quien sería capaz de encargarle decoración alguna. Pero alguien del barrio dijo que ese era su oficio.
No se trataban con los vecinos. Aunque al cruzarse de cerca, saludaran con aparente cortesía, no daban pie para conversación alguna. Así que nadie supo su nombre.
Mientras residieron aquí no se habló de otra cosa. Fueron el tema central de cualquier conversación vecinal. Mas nadie se percató de la frase de despedida, ni yo la comenté por temor a estar equivocada.
La primera y única vez que lo hice, fue con mi hermana, que tras abrir los ojos como platos, se despachó a gusto con sonoras carcajadas.
-Estarías medio dormida y entendiste mal.
-¡Ester, que ayer se repitió la escena! Como cada sábado y cada domingo. No tienes más que mirarlos. Son tan raros...
-Sí, raros si son. Hay gente que con tal de ser originales...
-¿Tu crees que lo dicen para burlarse por andar medio trompas?
-Pues trompas o trompetas, si has oído bien, sí. Estarán de guasa. Ganas de divertirse a costa de sus propios conocidos. ¡Que hay gente capaz de todo, hermanita!
-No lo cuentes ¿eh?... que nos van a tomar por chaladas a nosotras.
-Tienes razón. ¿Quién se lo iba a creer?
Cuando pasados unos meses llegó la policía a detenerles, a pesar de la sorpresa del momento, no me extrañó.
Yo ya había presentido algo. Los envenenan -llegué a pensar- y los muy cínicos encima se guasean. Y me eché a temblar por no haber denunciado a tiempo mis sospechas. ¿Pero de qué podía sospechar entonces yo?  De esa tonta frase, no. No era suficiente.
Durante varios días estuve intrigada. Soñaba con ellos, me desvelaba y luego no podía dormir. Yo misma me hacía las mil y una preguntas con sus correspondientes respuestas. Vano intento. No daba con una solución más o menos lógica. ¿Y cómo iba la lógica en semejante ambiente?... ¿O sería yo una mal pensada?...
Así estuve dándole vueltas al coco, hasta que se aclaró el caso y salió en la prensa.
Eran contrabandistas de diamantes y los pasaban camuflados en estrechas bolsitas tubulares en su propio recto.
¡Luego se extraña mi hermana de que no quiera ir al cine! Cuando el teatro es más vivo y lo tengo gratis y enfrente...

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Ángeles Garrido Luna
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2 comentarios:

  1. Un cuento muy actual, el contrabando está a la orden del día, la ventana es un truco que te ha servido para darle forma y el ambiente que has recreado nos ha metido dentro de la historia. Un abrazo

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  2. "Cuentos Encadendos-Un mundo entre geranios" es un libro experimental -aunque otros autores también han usado esa mezcla- que cuento a cuento conforma una historia aparentemente suelta, que se van transformando en capítulos de una novela cuya protagonista es la que narra los cuentos. La ventana no es un recurso literario, es un protagonista más. Eso se comprende si se leen los cuentos por el orden establecido. Gracias por tu comentario, Ester. ¡Tu sí que eres una buena amiga!

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