domingo, 2 de noviembre de 2014




(Cartas Censuradas)
*
Aunque encajaría este mensaje en la pestaña 
JARABE DE HUMOR, lo paso como mi primer rescate
a: CARTAS CENSURADAS. 
Espero que añadáis un comentario, 
entrando en la pequeña señalización de abajo. 
Y lo digo así, claro, porque muchos parecen que 
no saben todavía que dejo la entrada libre.
¡FELIZ DOMINGO!
*
Carta a nuestra Ministra de Igualdad
Estimada Ministra.

El motivo por el que me dirijo a usted mediante esta 
misiva no es otro que elogiar su esfuerzo en el ejercicio
de la labor que le ha sido encomendada. Un ministerio
nuevo como es el de Igualdad, tan enjuiciado por 
algunos, precisa ser llevado por alguien con grandes
ideas que ayuden a entender  su función.

Estaba comentando con compañeros y compañeras la 
reflexión acerca de lo excesivamente machista que es
nuestro idioma y las medidas que deberían adoptarse
para mejorar la situación. Sin embargo, pronto nos 
dimos cuenta de que hay otro hecho discriminatorio
en nuestra forma de hablar que debería analizarse
con similar rigor.

Si bien es cierto que el machismo y el feminismo se
han llevado a lo largo de los últimos tiempos como 
el perro y el gato, más cierto es que, en esa afirmación, 
encontramos una diferenciación aún más notoria. 
Concretamente entre el perro y el gato. 
A priori podría parecerle una apreciación superficial, 
pero no es para tomarlo a broma.

De una primera pregunta sobre el orden en que se 
les da a ambas especies del reino animal (siempre 
nombramos primero al perro y después al gato), 
pasamos a algo mucho más profundo: el tono 
despectivo. ¿Se ha fijado usted en las connotaciones 
negativas que conlleva la expresión “emperrarse en algo” 
y, por el contrario, ese significado de seducir que se le da
a la expresión “engatusar”? Probablemente no se haya
percatado, pues en pocas ocasiones escucharemos 
ambas expresiones en una misma frase.

Pero la cosa aún va a más. ¿Por qué decimos que el 
gángster aprieta el “gatillo” en lugar del “perrillo”? 
Obviamente quien bautizó a esa parte del revólver 
debía ser un maltratador de animales, con el agravante 
de hacerlo con inocentes gatitos, seguramente por miedo 
a ser mordido por los perritos.

Aunque debo decir que otras expresiones me desorientan. 
Un pobre hombre sin capacidad de visión es llamado 
despectivamente “cegato”, en lugar de “ceperro”. 
Esas embarcaciones militares (o esas otras con las 
que se compite en las olimpiadas), símbolo de fortaleza, 
se denominan “fragatas”, en lugar de “fraperras”. 
Los bebés “gatean”, los mayores “perrean”…

En fin, probablemente todo se deba al enfrentamiento 
de las dos Españas, la de los perros y la de los gatos, 
que tanto gobierno como oposición no nos permiten 
olvidar. Creo que la solución pasa por ser todos menos 
mojiperros y preocuparnos por lo que realmente importa 
en esta gata vida.


Un fiel admirador, ni perro ni gato.
*

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