
Un cuento para contar a los niños:
AVENTURA SIDERAL
(Sideral quiere decir, según el diccionario, que pertenece o se asemeja a los astros)
Elisa no podía dormir y se asomó a la ventana para contemplar el eclipse de luna. Como todavía hacía frío, cogió de la cama la cubierta y una manta, y se cubrió con ellas cabeza y espalda. No había niebla ni nubes que entorpecieran la visibilidad. Ya no quedaba de la luna más que una rajita, como una diadema de diamantes. Pero Elisa veía el contorno de la luna a pesar de eclipse. Tenue. Frágil. Y de él comenzaron a surgir piquitos blancos, brillantes como bolitas de porespan danzando por el cielo, haciéndose cada vez más grandes, más grandes...
Y cuando se detuvieron ante la ventana, Elisa pudo comprobar que no eran bolitas de porespan, sino grandes burbujas transparentes, ocupadas cada una de ellas por los más queridos personajes infantiles de la televisión y de los cuentos de siempre. Allí estaban: Peter Pan, Mary Poppins, Dumbo, Los tres cerditos, Caperucita...
Y se acercaban más burbujas, Blancanieves, Marco, Heidi, Juan Sinmiedo y todos los personajes del programa “un globo, dos globos, tres globos...
Epi y Blas sonreían picarones. Comenzaron a romper las burbujas y recuperar su tamaño natural. Elisa se retiró de la ventana para dejarlos pasar. Mary Poppins cerró su paraguas. Peter Pan la saludó quitándose el gorro, inclinándose con una sutil y cursilona reverencia. Dumbo agachó las orejas y Elisa se acomodó en su lomo. Caperucita se quitó la capa y con ella, la cintas de sus trenzas y el paraguas de Mary Poppins, entre todos fabricaron un rústico globo, que con un gesto de Mary se transformó en un fantástico platillo volante.
Todos de acomodaron en él y salieron disparados hacia el espacio. Nadie tenía miedo. Elisa tampoco. Por las amplias cristaleras veían pasar las estrellas corriendo. De vez en cuando un planeta con volcanes, con lagos o con montañas. Otras veces planetas muy grandes, rodeados de satélites. El cielo o el espacio, ya no era azul, sino negro y destacaban en él todos los cuerpos estáticos o errantes, de múltiples formas y colores. Pasaban las nebulosas como nubes esponjadas y transparentes. Ya no se veía la Tierra.
Al pasar cerca de un pequeño planeta comenzaron a descender. Quedaron colgados entre varios árboles. Salieron volando por una puerta muy pequeña que había debajo, en la base. Mari Poppins cogió a Elisa de la mano y abriendo el paraguas de repuesto que llevaba en su incomparable bolso, descendieron, seguidas de toda la tripulación cuenteril.
Había un camino lleno de flores azules, formando una larga hilera a cada lado, como si se tratase de la pista de aterrizaje de un aeropuerto. Pero no había ni torre de control, ni aviones, ni otros platillos volantes. Elisa no dijo ni mú. Fue Peter Pan el primero en decir algo:
- Aquí estás en nuestro país.
- ¿Cómo se llama? – preguntó Elisa al fin, tras quedarse embobada por el bonito paisaje.
- SINFÍN. Contestó Dumbo.
- Es un planeta fantástico – añadió Marco.
- ¿Tu también vives aquí?
- Si. Aquí vivimos todos los personajes de los cuentos infantiles.
- ¿Buenos y malos?
- No. Los malos viven en el planeta PUMPÚN, que es de color rojo y está lleno de volcanes. Como tienen que cambiar de sitio continuamente, no les queda tiempo para más maldades que las que hicieron en los cuentos.
- ¿Y cuando alguien se inventa un cuento, todos sus personajes vienen aquí?
- Si llegan a ser queridos por los niños, si.
- ¿Y si no...?
- Es como si no hubieran nacido.
- Ya.
- Ven –dijo Heidi cogiéndole la mano- Ven a la casita de Blancanieves y probarás el queso que ayer hizo mi abuelito. ¡Está más rico...
- ¿Yaz habrá queso suficiente para todos?
- Sí, ya lo creo, es así de grande –dijo Heidi extendiendo los brazos en cruz.
- Bueno, pues vamos todos a comer queso.
Y toda la procesión, en fila india, de uno en uno, pasó por el desfiladero de los indios buenos. Senda les salió al paso y se unió a ellos. Todos iban cantando canciones. Todas las bonitas canciones de sus respectivos cuentos. Cuando ya estaban cerca de la casa se encontraron con Popeye y Cocoliso, jugando, que también se unieron a ellos.
Llegaron por fin, tras un paseo divertido y Popeye sacó una lata de espinacas, que Mari Poppins transformó en un gran caldero. Y todos comieron espinacas y queso. Luego, Blancanieves despertó a los siete enanitos (que todavía estaban durmiendo) y se marcharon todos a pasear por el bosque.
Allí no había ningún lobo y Caperucita estaba muy contenta. Jugaron al escondite. Pero Dumbo no podía esconder sus grandes orejas y siempre era descubierto el primero.
- Eso no vale. Yo no tengo la culpa de tener las orejas tan grandes.
- Ni nosotros de ser tan pequeños –contestaron los siete enanitos- y ya estamos cansados de tanto cuento.
- Eso ya no tiene remedio –contestó Caperucita- Yo me paso todo el día llevándole cosas a mi abuelita y no me quejo.
- Y yo mordiendo manzanas – dijo Blancanieves compungida.
- Y yo persiguiendo al Capitán Garfio y reprendiendo a Campanilla.
- Y yo viajando continuamente por toda la Argentina y cuando ya encuentro a mi mamá regreso tan cansado a casa que me duermo enseguida sin tiempo para jugar.
- ¿No estáis contentos con vuestra suerte, viviendo en este planeta que es una maravilla? –preguntó sorprendida Elisa-
- Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. Toda la vida. Eternamente, sin variar.
- Y yo que os envidiaba...
- No seas tonta, niña. –Dijo Mari Poppins_ Tienes toda la vida por delante para vivir mil instantes distintos cada día. No nos envidies. Este planeta es hermoso, pero aburrido. Te cansarías. Tenemos que andar siempre desde este planeta hasta el vuestro.
- ¿Puedo regresar a casa?...me estáis asustando...
- Cuando despiertes ya no nos mirarás con envidia.
Ya no había eclipse. La luna estaba redonda y brillante. En el suelo, enredada entre la manta y la cubierta, dormía Elisa. Medio sonámbula cerró la ventana y se acostó en la cama. No llegaba hasta ella ningún rayo de luna. Pero su tez era radiante y pura. Ya no envidia a los cuentos. No sueña aventuras. Tiene bastante con haber vivido una.
ANGELES GARRIDO LUNA
ANGALU
GERONA (Revista Gemma 1988)
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